En los años Sesenta y Setenta el movimiento político de los maoístas italianos hacía resonar en las plazas (y escribía en las paredes) un eslogan que se ha vuelto famoso: «La China está cerca!». Pretendían de esa manera reclamar una proximidad de las ideas políticas de un líder distante mil millas, Mao Tse Dong. Pensándolo, aquel eslogan nos hace entender que lo que llaman globalización estaba en acto ya entonces, en el 1968, si bien en un plan meramente político-cultural. india

Hoy la globalización es una realidad establecida y aceptada: más bien, después la caída del muro de Berlín y la supuesta fin de las ideologías (en realidad deberíamos llamarla sub-liminalizaciones o ocultamiento de las ideologías) es la única realidad. Tanto que ya no abarca casi exclusivamente los fenómenos geopolíticos o culturales lejanos a nosotros, sino que – paradójicamente – el trabajo de miles (si no incluso de decenas de milles) de gente que vive tal vez vive cerca de nosotros. Quien tendrá la suerte de ver la película The Harvest podrá comprenderlo fácilmente.

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Los jornaleros agrícolas

«Harvest» en inglés significa «siega» pero también «cosecha». Es según el último sentido que debería de entenderse el título de la película, porque lo que se cosecha y se corta de la explotación del fenómeno de los jornaleros agrícolas no es el trigo o los cereales, si no más bien las vidas y las esperanzas de milles de inmigrados indianos de origen punjabi, que trabajan hasta catorce horas al día para 2/3 euros por hora en los terrenos del Agro Pontino.

La película tiene mucho reconocimientos: el primero es el de aclarar – sobre todo al público italiano sedado por el orgullo de poseer uno de los patrimonios agroalimentario más ricos y varios del mundo (pero lo mismo se podría decir de cualquier producción agrícola o industrial muy típica) – que estos tomates y olivas no son solamente unos productos locales, sino que a menudo han viajado por distancias siderales.

The Harvest obliga el espectador a mirar a la cara la realidad de las cosas, y le quita la ilusión de veracidad del producto local: también los productos locales siguen lógicas globales, y no dan ninguna garantía de autenticidad o de menor explotación por el simple hecho de que el producto ha sido cosechado en el perímetro familiar más bien que en países lejanos (quizás por multinacionales agroalimentaria a las que les interesa solamente la ganancia). Porque también los campesinos italianos desde hace mucho tiempo no se hacen más llamar campesinos, si no que emprendedores agrícolas, y ellos también son – nos cueste o no – vinculados a la ganancia.

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Flujos migratorios y coste del trabajo

La película lleva a luz muchas cuestiones . No solo las que estas relacionadas a la explotación de los jornaleros. Un tema vinculado a la explotación es, por ejemplo, aquel de la desconexión entre la función de una ley y sus efectos (tal vez en otros sectores): hoy con una simple firma el gobierno puede constituir un nuevo mercado (o alterar uno existente) muy fácilmente. Más que lassaiz-faire. Y que no se piense que el problema sea solo italiano: todas las políticas económicas de la Unión Europea funcionan así, y en todas partes Europa es la burocracia que manda el mercado. Basta con pensar el hecho que por un supermercado no es posible vender unos simples pepinos si no forman parte en un dado calibre establecido por la legislación comunitaria (con todo lo que comporta desde el punto de vista de la gestión y, entonces, económico).

Todo es en Italia no ocurre solamente con las leyes a medida, relacionadas directamente con el desarrollo económico, sino también con leyes que regulan cuestiones aparentemente muy lejanas a los problemas agrícolas o sindicales. Una legislación como “Bossi-Fini” por ejemplo, que regula la inmigración y los permisos de residencia: está ley regula aparentemente los flujos migratorios, pero en realidad (dado que no impide ni la entrada en masa ni ha levado a ninguna devolución en masa) cumple objetivos “otros”, como la reducción del coste del trabajo y el resultante corte de precios de los productos a través del chantaje de los trabajadores.

Todos los trabajadores: aquellos extranjeros directamente relacionados – o aceptas las condiciones o no tendrás nunca el permiso de residencia – y aquellos italianos, despedidos tal vez porque los jefes se dan cuenta que hay mayor margen de ganancia a través la explotación (como de extranjeros que de italianos). Aquí se habla de productos agrícolas, pero se podría fácilmente desplazar la cuestión en el efecto del limite a la entrada de trabajadores extranjeros en la producción industrial o edilicia, y es un discurso que no debería hacerse solo en Italia o en Europa si no también en los países del Commonwealth o en los Estados Unidos (se peínese al muro “mexicano” de Trump).

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Comunidad como resistencia

A través de las entrevistas a los cultivadores Punjabi, a los mediadores culturales y a los activistas de la asociación inMigración emerge de la película una partición del mundo laboral agrícola de Italia: una realidad a menudo (muy a menudo) no revelada por el silencio impuesto por el miedo o por el interés. Silencio que sin embargo ya no abarca la comunidad indiana del Agro Pontino, la cual ha logrado superar con esta película. También gracias a la solidaridad y a la auto organización demostrada por los mismos trabajadores en los terrenos. Y esto ha sido posible también gracias al Templo de la comunidad Punjabi.

Aquí no se trata de superioridad o de mayor rigor moral de una creencia con respecto a las demás, si no que del simple hecho que el templo – ademas de servir como estructura religiosa – es un lugar de encuentro y de enfrentamiento de la comunidad, de socialización y de demostración de solidaridad entre trabajadores. Lo que aquí se cuestiona entonces es una cierta idea de cultura, en donde la socialización pasa entre relaciones en vivo y no en vitro como aquellas en las cuales nos condenamos cerrándonos detrás de los llamados social-media.

The Harvest (2017) by Andrea Paco Mariani
Smkvideofactory / Ddb Distribuzioni dal basso

El último grande mérito de la película es de natura estilística, y no estamos hablando de un mérito sin importancia: el guionista, Andrea Paco Mariani, no se limita a presentarnos clásicamente el problema a través de los planos de los lugares o a través de las entrevistas a los protagonistas, si no que elige crear algunos insertos docu-drama o docu-ficción (pero los actores son los mismos miembros de la comunidad indiana) ensayando la verdadera historia de un trabajador oprimido por un “explotador” odioso. Hasta aquí nada nuevo en particular, a no ser que la parte de ficción no es narrativa, sino que musical y con coreografía.

Los bailes y las canciones (casi todas rigurosamente Bhangra, como es lógico que sea) nos llevan un poco a Bollywood y un poco en la zona de Lars Von Trier (la famosa escena del tren de Dancer in the dark), también porque las partes musicales no están montadas con el pretexto de simple función suavizadora, sino como momentos interiores e íntimos de la mente del protagonista, que llama al alma todos los recursos de su propia cultura para resistir a las condiciones de estrés en el trabajo.

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Esta elección musical no solamente hace que el espectador conozca un poco la maravilla de las costumbres Punjabi, si no que refuerza la idea central de la película: es solamente en el sentido de pertenencia a una comunidad y a una cultura que se encuentra la fuerza para restituir a las dificultades y las injusticias. El limite de la película es probablemente la falta de presentación del instigador moral y factual de la explotación de los inmigrantes: que no es simplemente el jefe de los terrenos o el explotador de los jornaleros, si no más bien el adquirente del supermercado y nosotros que hacemos caso solo al precio final en lugar de calcular las factores negativas (salarios más bajos y menos derechos para todos) relacionados con la explotación de la maniobra.

QUID Y FIT

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