Courtesy of Bruno Cordioli (https://www.flickr.com/photos/br1dotcom) democracia

Entrevista con Pierre Dardot y Christian Laval sobre su “La pesadilla que no acaba nunca: el Neoliberalismo contra la democracia”
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En su libro Guerra a la democracia, se hace referencia a una comedia de Aristofane, “Pluto”. En Italia eso recuerda un espectro a menudo invocado por Mussolini, lo de la plutocracia. ¿Pueden Ustedes explicar con unos ejemplos de qué manera el poder económico y la oligarquía financiera interfieren con la que se podría llamar la soberanía popular?

Nos guardamos bien de utilizar el término «plutocracia», ampliamente desacreditado por el uso que el fascismo hizo de él y que hoy simplemente tendría la función de disimular la subordinación de toda la clase política al sistema capitalista.

Lo que domina hoy es un bloque político en el cual los expertos, y no solamente los expertos financieros, ocupan el primer lugar. No es un gobierno de solos ricos (que es lo que significa literalmente plutocracia), sino una expertocracia al servicio de los más ricos; por eso utilizamos el término oligarquía o bloque oligárquico que describe exactamente la situación actual. Evidentemente este régimen puede asumir diferentes formas según el país y las historias nacionales, pero lo que llama la atención es la voluntad de fijar unas orientaciones políticas a largo plazo a pesar de las alternancias electorales al fin de vincular los gobiernos sucesivos, incluso los de mayorías electorales opuestas. Un buen ejemplo es la decisión de Michel Temer de comprometer los gobiernos posteriores de Brazil a una suspensión del gasto público por los 20 años siguientes: una medida de austeridad que afectará en primer lugar a la educación y a la salud pública. El mismo Temer puso las cartas boca arriba afirmando, cuando todavía no era presidente, que su «política social» se fundamentaría en tres pillares: estabilidad económica, equilibrio del presupuesto, real competencia libre.

La tendencia prevalente es la imposición de un «cuadro» que permite a las orientaciones políticas de sotraerse al debate público, incluso su forma parlamentar desviada (nor referimos al ámplio recurso de Macron a decretos para le reforma del Código Laboral o tambièn a la costumbre de la «discusión» en lugar de la «negociación» con los «interlocutores sociales»). No es solamente la soberanía popular que está pisoteada, sino también la democracia representativa clásica que así se ve vaciada de su contenido.

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En el libro se hace una distinción entre dos concepciones económicas que se pueden traducir como diferencia entre liberismo y neoliberalismo. Según los neo liberistas la mejor filosofía económica es la dérégulation y ausencia casi total del Estado en el gobierno económico. En el neoliberalismo los medios para crear nuevos mercados son las leyes, es la burocracia que crea el mercado.

Una política económica, la neoliberal, muy cercana a la que se aplicó en la Ue hasta ahora. ¿No piensan que su libro pueda empujar a alguien a apreciar el neoliberismo, paradójicamente? El neoliberismo y su filosofía económica que incluye la dérégulation y el lassaiz-faire, ¿no terminaría con beneficiar más a las oligarquías financieras?

No distinguimos entre dos «filosofías económicas», sino entre dos alas del neoliberalismo: el ala austro-americana, liderada por Hayek, y el ala ordoliberal alemán, encomendada en particular por Walter Eucken, Franz Böhm, Wilhelm Röpke. No estamos a favor de la elección de dos palabras diferentes para designar estas dos alas. Entre las dos hay ciertas divergencias teóricas de fondo: el mercado es un orden espontáneo, como opina Hayek, ¿o es el efecto de una construcción jurídica y política, como afirman los ordoliberales alemanes? Sin embargo, no debemos equivocarnos sobre la importancia práctica de esta divergencia teórica. Los líderes políticos han sabido demonstrar un sentido de acomodación para acordar el “cuadro”, luego encargando a todos de exprerimentar lo que podría haber en cada situación. Es por eso que tal desacuerdo no ha impedido una creciente convergencia práctica en la implementación de políticas neoliberales.

El ejemplo de la Unión Europea que Usted ha mencionado es en este caso muy esclarecedor. Es ilusorio oponer la virtuosa Europa a las políticas de « dérégulation salvaje» conducidas por los Estados Unidos y la Gran Bretaña. La construcción de un gran mercado europeo ha requerido políticas de «dérégulation», más feroces en sus efectos sociales que las de los paises anglosajones. Simplemente, esta «dérégulation» no debe ser entendida como una no-regulación o ausencia de normas: por el contrario, se llevó a cabo por medio de una inflación de las llamadas normas “comunitarias” que gradualmente tomaron precedencia sobre las leyes nacionales. Es el marco federal en construcción que lo requería y lo exige cada vez más. La peor ilusión sería creer que la salida de este cuadro tendría inevitablemente por consecuencia «menos neoliberalismo». El ejemplo del gobierno de Teresa May nos enseña hasta que punto esta ilusión es peligrosa. De manera general, algunas alas del neoliberalismo actual no es partidario de la ausencia total del Estado y de las normas dentro la economía. No se debe confundir el neoliberalismo, y todas sus tendencias, con el libertarianismo o el anarcocapitalismo. Por consiguiente, no hay razón de preocuparse del hecho de que nuestra crítica sobre el ordoliberalismo no beneficia a los partidarios de la desregulación total.

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Photomontage of the Wolkenbugel, El Lissitzky (Via Wikimedia Commons, PD-Old-70)

En un capitulo central hablan sobre la competencia entre agentes económicos y cómo la filosofía económica actual empuja todo el mundo a ser más eficientes y competitivos. La competencia dentro la ideología neoliberal y también dentro la neoliberista se presenta como un principio casi absoluto e inevitable que envuelve todos los sujetos, desde las empresas a cada empleado. Sin embargo, pensando en ciertos escándalos como el caso Volkswagen se puede creer que la competencia es, en realidad, más que un valor, un mecanismo retórico y un fantasma, válido para justificar la sustracción de los derechos a los trabajadores y la reducción de los sueldos. De hecho la percepción es que a menudo las empresas evitan de luchar entre ellas, prefiriendo unirse o manipular los mercados a través del uso de los medios de comunicación o utilizando trampas como la del sistema informático de Volksvagen para aparentarse competitivos y eficientes. Entonces, ¿la competencia es una realidad estructural o simplemente un artificio retórico?

La competencia no es una realidad estructural como Ustedes han dicho ni un simple artificio retórico. Es una lógica normativa general, es un medio para gobernar una sociedad e individuos según el pensamiento capitalista, en todos los niveles de la sociedad, más allá de la sola esfera del mercado económico. Sin embargo, en el ámbito propiamente económico, el proyecto competitivista está en la base de la construcción européa desde 1957. Es este proyecto que controla tanto las grandes reformas del mercado como las de los servicios públicos. Su pregunta pone un verdadero problema. Conocemos los modelos de la “competencia pura y perfecta” y sus límites. Desde los años treinta, las teorías económicas sobre la “competencia imperfecta” no faltan. Es bien sabido que la concentración del capital ha llevado a situaciones oligopolísticasque limitan la competencia interior, en el mercado nacional. Pero los gobiernos neoliberales, con razón, se hace una doble elección prática: convertir los monopolios publicos nacionales en oligopolios privados, considerando que la competencia oligopólica, por lo tanto imperfecta bajo el modelo de Wlarasian, era mejor que el monopolio público; apoyar por todos los medios (incluso con fondos públicos o medidas fiscales) los grupos industriales y bancarias “nacionales” considerando que la competencia actualmente mundial justifica las distorsiones de la competencia a nivel nacional. El neoliberalismo a nivel práctico no debe confundirse con una teoría económica ideal y abstracta que uno trataría de aplicar. Una vez más, es principalmente un cierto tipo de gobierno de sociedades corporativo.

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En el libro se insiste mucho en la deuda como arma de chantaje económico tanto con respeto a las naciones como hacia cada individuo. Con esto, parece de haber caído en una nueva Edad Media, con las multinacionales y los grandes actores de las finanzas que forman parte de los feudatarios y los consumidores-empleados que son los siervos de la gleba. ¿Estamos exagerando?

No utilizamos el asunto bastante generalizado de la “refeudalisación” de la sociedad, que es decir que el estado y su soberanía se ven debilitados permanentemente por el poder financiero de los nuevos “señores de la economía” para recuperar su imagen. No descuidamos el peso de los poderes capitalistas, incluidos los fondos de inversión y los bancos, que impusieron a los gobiernos ya en los años 70 sus intereses y su agenda, como se ve en América Latina y África, incluso los planes de ajuste estructural. Todo ocurre como si el “método FMI” se hubiera generalizado, especialmente en Europa. El ejemplo griego lo enseña muy bien. Sin embargo, el neoliberalismo como forma de gobierno no se trata de dejar todo el poder a los “señores”. El Estado no es pasivo, es muy activo, está omnipresente en todas las fases del refuerzo del poder de los poderes privados. Lo que es importante comprender, son los mecanismos de co-construcción estatal y privada de una economía y una sociedad regidas por la lógica normativa de la competencia y el modelo de la empresa. El estado no desaparece, ¿cómo podría? Se transforma en una mega-empresa o una meta-empresa.

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En el capítulo final se juzga el hecho de que la única salida dal “Bloque Oligàrquico” consiste en el protagonismo popular y, en particular, en un tipo de frente internacional de la democracia directa. ¿De qué manera la democracia directa podría parar el súperpoder de la ideología neoliberal y de su máquina de poder? El caso de Syriza en Grecia con su fracaso post-referendum, ¿no está en contradicción con lo que Ustedes dicen? Y además, a menudo la democacia directa, en la Historia, se ha convertido en su contrario, osea la tiranía. ¿Han considerado este peligro?

Syriza no ha escapado a la doble trampa de la política profesional y la integración en el funcionamiento de las instituciones europeas. La única salida era confiar en las movilizaciones populares para luchar contra los dictados de la Troika. No habría sido fácil, pero hubiera sido mejor que la traición. De hecho, el ejemplo griego nos da una razón bastante buena cuando decimos que es necesario revitalizar el ideal internacionalista. Pero la tendencia va en una dirección diferente, la del nacionalismo xenófobo. No es porque los vientos sean contrarios, sino que es necesario seguirlos. Una parte de la izquierda adopta una posición soberanista con el pretexto de que la única solución sería nacional. Creemos que éste es un punto muerto, y que más bien ayudará a la extrema derecha más o menos fascista a imponer su propia concepción de lo “posible”. Además, no identificamos el “populismo” y la “democracia directa” en absoluto. La mayoría de las veces lo que se llama “populismo” es una forma de gobernar un “pueblo” de acuerdo con una lógica de delegación a un hombre o un grupo providencial que encarna la “salvación del pueblo”. Esto es lo opuesto al principio que defendemos, que llamamos “el principio político de lo común” y consiste en el autogobierno de todas las instituciones políticas y económicas. Esta es la única forma de evitar la toma de control de la sociedad por parte de un partido o un líder que pretenda mantener la verdad, como fue en el caso de las revoluciones comunistas del siglo XX.

Mercì beaucoup.

QUID, TRICK Y NATHIMA

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