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Italia es un país rico en contradiciones: a pesar de tener una historia nacional en la que muchas veces ha alcanzado la excelencia, hoy camina a duras penas intentando permanecer dentro del grupo de las naciones que “importan”. Nos preguntamos: ¿cómo es posible que siendo una realidad a la que la suerte le ha donado muchísimos recursos, un sistema remolcado por algunas de las regiones más ricas de Europa flaquee, y esté constantemente aumentando su deuda pública?

El principio del “buen padre de familia”

El problema de la semejante paradoja se puede explicar fácilmente haciendo referencia al concepto jurídico de origen romana debonus, prudens et diligens pater familias”: cada núcleo familiar debería (subrayamos el condicional porque, desafortunadamente, nunca ocurre) ser manejado por un sujeto – precisamente el buen padre de familia – que desee asegurar su prosperidad de manera duradera, equilibrando ingresos y gastos.

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La Italia de los últimos setenta años (si se hiciera referencia a períodos mayores se introducirían dinámicas demasiado complejas de analizar), desgraciadamente no se manejó según el principio que acabamos de citar: el padre, que en este caso representa la política – no se molestó en administrar con criterio, sino que despilfarró los recursos cuando tuvo de sobra.

Desperdicios inaceptables

Así que tras muchos años, la riqueza que produjeron los escombros de la Segunda Guerra Mundial, se superaron: la corrupción, los sobornos y los negocios sucios, son conceptos que nos dirigen hasta la idea de haber sido un “asunto público”, guiado por individuos que pensaron exclusivamente en enriquecerse ellos mismos y a los clanes a los que pertenecían, mientras que el resto de la población se quedaba sin pan.

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 Para no perder el escaño y acallar qualquiera voz obstil a su deplorable labor, se repartieron favores “de la regadera”: pensiones por discapacidad como si fueran protecciones sociales, puestos de trabajo – a menudo estatales – inútiles pero perfectos para obtener un salario fácil, las pensiones de jubilación anticipadas para sustentar grupos de privilegiados (inaceptables nunc et semper) aún a plena capacidad.

Para muchos – verdugos y víctimas condescientes también – fue como estar en un banquete y llenarse el plato porque “había suficiente”, sin limitarse con lo que hubiera sido suficiente.

Padre mío, ¿por qué?

De estas consideraciones procede entonces nuestra pregunta de inspiración evangélica: “Padre mío, ¿por qué me has abandonado?”. ¿Por qué – nos preguntamos – quien ha llegado antes de nosotros no entendió que tal actitud habría enterrado el futuro de los “hijos”? ¿Cómo es posible que quien hizo ciertas malvadas elecciones no se preguntó sobre las consecuencias que ésas habrían producido? El recuerdo va a Luís XV y a la frase “Aprés moi le déluge!”, en la que se resume de manera emblemática su desinterés con respecto a lo que habría ocurrido después de su fallecimiento.

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Luis XV de Francia by Hyacinthe Rigaud (Via Wikimedia Commons, PD-Old-100)

En cambio, la razón debería recomendar de rechazar los despilfarros, porque es obvio que la riqueza no crecerá para siempre.

Un futuro tristemente incierto

Después de haber destacado algunas de las limitaciones que nos han acompañado hasta aquí, es que la toma de conciencia queda onerosa: los jovenes adultos, que suelen nacer y vivir en bienestar, hoy se ven obligados a confiar en sus padres porque no son independientes bajo un punto de vista económico, y el justo deseo de una vida “por su cuenta” – en el que tendrían que lograr gestionar todas las cargas de una familia – se impide a la mayoría de ellos.

Los “bamboccioni” – término italiano para designar a los que siguen viviendo con sus padres y suelen ser temporarios hasta una edad exagerada – se ven incapaces de escribir su propia historia: tienen sueños y proyectos que se enfocan en períodos muy limidados (planear las vacaciones o comprar algo, si tienen suerte) y que no permiten una sana expectativa de crecimiento humano y profesional. Sólo se les permite sobrevivir, sin demasiadas esperanzas sobre su futuro, con miedo de no lograrlo porque son aplastados por un sistema que difícilmente regalará momentos de auténtica paz, la mente cada vez más plagada por preocupaciones de las dificultades que les podrían caer encima y que con toda probabilidad enfrentarán impreparados y no suficientemente “fuertes”.

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La renuncia más terrible es la que concierne a los hijos: son muchos los poteciales padres los que deciden no tener hijos porque no sabrían como asegurarles una vida tranquila y con buenas oportunidades.

En este momento la situación parece menos grave de lo que no sea en la realidad sólo porque existe un sistema que rescata a los que se encuentran en una situación dificil, postergando su ingreso al círculo infernal de la invisibilidad social y la muerte civil. Los mayores que hoy garantizan la supervivencia de sus descendendientes difícilmente los reemplazarán, y una vez que caiga el welfare familiar, habrá que pensar en la reorganización de la sociedad en el que el sistema-provecho se pueda sustituir con un sistema solidal. En caso contrario «la convivencia humana está destinada a convertirse en un serrallo hobesiano, en el que cada hombre es lobo para otro hombre y ya no existirán naciones a los que se podrá huir esperando que sean habitables y donde se pueda encontrar trabajo» (traducción adaptada de “Lavorare gratis, lavorare tutti”, Domenico De Masi).

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Por lo tanto, ¿todo está perdido?

La situación de los que nacieron desde los años 80 en adelante, está lejo de ser positiva, entonces una pregunta sobresale: ¿se pueden poner en marcha algunas estrategias para que miliones de personas no se vean privados de la posibilidad de realizarse humanamente, socialmente y profesionalmente? ¿Estamos destinados a ver un número cada vez mayor de hombres y mujeres que van a envejecer inseguros, hasta la muerte de los padres con los cuales jamás podrán desvincularse? ¿La sensación de precariedad está destinada a invadir la vida de la gran mayoría de los italianos y de un Occidente altivo que perdió el sentido del límite?

La política debe tomar conciencia de que la res publica no representa una ocasión para “atracarse”, sino que la responsabilidad de reflejar sobre cuáles son las mejores opciones para dar a quien llegue en un futuro la oportunidad de vivir una vida auténtica, no sólo un simulacro lleno de satisfacciones. Por tanto, hay que rechazar una realidad que, de lo contrario, llegaría a ser sólo una involución. El compromiso diario tiene que ir en aquella dirección, exigiendo opciones que sean útiles para el bien común y no estar guiadas sólo por un beneficio personal.

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Llamar a la reflexión ya es un buen punto de partida, y en esta perspectiva intentaremos razonar sobre las falsas verdades (ver nuestro artículo sobre el soncepto de “suavidad del presente” del filósofo coreano Han) que caracterizan el difícil contexto en el que hoy en día tiene que vivir la mayoría de los que tienen menos de 45 años.

PENNY Y NATHIMA

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