“Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio,en una ciudad como quien se pierde en el bosque requiere aprendizaje” escribía el filósofo Walter Benjamin en Infancia en Berlin, una obra de recuerdos realizada a principios de los años treinta del siglo pasado. Benjamin, con sus estudios críticos, fue un gran precursor de la cultura de masas. Inspirándose a Baudelaire, teorizó con precisión intelectual el concepto de flâneur, término con el cual podríamos identificar el ‘caminante curioso’, sin rumbo o lugar de destino, propenso al descubrimiento inesperado y, para citar otro famoso vagabundo, Werner Herzog, lanzado a la conquista del inútil. Un inútil que pero enrequece. masa

¿Es todavía posible perderse en una ciudad?

Vamos a fijarnos en esta intuición: en una ciudad moderna hay que aprender a perderse. La condición para ello es la de desaprender las nociones y, en general, suspender con un acto revolucionario la forma acostumbrada e impuesta de ver la ciudad. Benjamin, que se suicidó en 1940 para escapar de los nazis, no pudo asistir a la evolución del hombre-viajero, un atributo elitista, al hombre-turista, una condición accesible a todos. ¿Es todavía posible perder la orientación y dejarse arrobar por un rincón de una ciudad, un jardín, un barrio, desarrollando una conciencia del lugar auténtica y personal? ¿O, en la época de los navegadores e de los smartphones, es solamente un oropel romántico?

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Serena Williams y el Campanile de San Marco

Ha llamado mucho la atención la historia publicada en el perfil Instagram de Serena Williams, campeona estadounidense de tenis, de vacaciones con su familia en Venecia. “Estamos haciendo los turistas en Venecia y estamos en una gran plaza”…”Piazza San Marco”, interviene en su ayuda el marido Alexis Ohanian. “No estoy seguro de qué es, pero es muy bonita, fantástica. Y mirad, esa es la torre de Rapunzel: desde allí arriba tiraba su pelo”. ¿Posible que la Williams no sabe reconocer el campanario de San Marco? Los fans intentaros defenderla subrayando que su declaración era una broma.

Uno de los problemas de la comunicación contemporánea es exactamente la incapacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso. La extrema ignorancia en la boca del personaje famoso, antes provoca sonrisas y luego indignación, porque a la fama asociamos automáticamente la riqueza, la ostentación. Luego, el juicio. Pensamos en las posibilidades económicas sólo en relación con objetos de lujo, pero nunca – o casi nunca – en relación con la cultura o la educación de si mismo. Ignorancia y riqueza, un binomio indisoluble del jet set de hoy. Sin embargo, asistimos a un fenómeno interesante. Fuera o no una broma, la mente de la campeona ha manifiesta un esquema de referencia útil para orientar su conoscimiento. Y ahora llegamos a la cuestión que más nos interesa: ¿qué ve un turista cuando mira algo? ¿Cual es su axpectativa? ¿Cuanto tendría que desaprender para volver a comprender?

masa@Gianni Berengo Gardin, courtesy “Fondazione Forma per la Fotografia”

Venecia: un Disneylandia con canales

Quedemos en Venecia y confrontemos un pensamiento y una imagen. El pensamiento es el del filósofo y antropólogo frances Marcel Hénaff, el cual escribe, en un texto de 2008 titulado La ville qui vient, que “la ciudad mira a realizar en su forma construida una unidad espiritual y una totalidad orgánica… La ciudad no solamente es el lugar de los monumentos: ella misma es el monumento por excelencia. Es la obra que contiene todas las obras, la que encarna el proyecto y define su ruta”. La imagen, llamada Venecias y las grandes naves, fue expuesta en una de las últimas muestra de Gianni Berengo Gardin, uno de los más importantes fotógrafos italianos. Es una disonancia estética brutal y tremenda, una imposibilidad que se realiza.

A nuestras facultades del conocimiento, razón, entendimiento y sensibilidad (molesto Kant por comodidad) les cuesta mucho suportar la desproporción entre la nave de crucero y los monumentos venecianos, contener los dos en el simple marco de una mirada. Es una ofensa comparable, en términos de ilegalidad y atrocidad, con el estupro. Si la costumbre en la ciudad lagunar es permitir al turismo una fruición violenta e intrusiva del frágil centro histórico como si fuera un Disneylandia cualquiera construida de propósito, sin dignidad o sacralidad, no hay por qué asombrarse de las palabras de Serena William que más bien que establecen con ingenua claridad una equivalencia que ya existe. La nave de crucero en los canales de Venecia es una extravagancia que colapsa en la realidad, o una realidad que se disuelve en la fantasía. Confundir un campanario milenario con la torre de Rapunzel cabe bien en la lógica del sistema. La ciudad sólo es una arribada local para apetitos globales, donde la unicidad cae en la trivialidad.

masaCola en los Museos Vaticanos

Una Roma toda para comer

Es una pena asistir a la agonía de muchas ciudades. Ciudades gloriosas, opulentas, frenéticas, que han sobrevivido siglos y a veces milenios a las peripecias de la historia, a guerras, epidemias, terremotos. Y ahora, una tras otra, se marchitan, se vacían, se reducen a telón de fondo de una exangüe representación pantomímica. Donde en pasado ardía frenética la vida y humanos apresurados se abrían paso en el mundo a codazos, ahora brotan bocadillerías, tenderetes siempre iguales de productos típicos, de muselinas, batik, algodón, pareos, pulseras” , escribe Marco d’Eramo en El selfie del mundo (2017), ¿y cómo no darle la razón? Transformamos nuestras ciudades de arte en grandes parques temáticos. Nosotros somos lo que permitieron el destrozo de lugares cargados de historia a beneficio de los turistas y a cambio de dinero. Suprimimos cualquier tipo de evolución de la comunidad en nombre de un turismo evasivo y conservador al mismo tiempo.

Tomamos Roma de ejemplo. Alrededor de la Fontana de Trevi sólo hay restaurantes y tiendas de souvenir y comida de escasa calidad. Y tiene que seguir siendo así. En Trastevere, uno de los barrios más bonitos de la Capitale, encontramos una cantidad sorprendente de lugares para comer a cualquier horario pagados a otros. Devoramos los monumentos como tragamos la comida en el restaurante señalado por TripAdvisor. Esta es la ley del mercado. Si el turista se espera de encontrar esta Roma, ¿por qué negársela? Lo importante para el viajero masificado es reaccionar a las solicitaciones de la red, compartir en Facebook el selfie frente a la pared antigua, a una antigüedad imaginada. Lo importante en testificar la presencia segun los cánones universales del narcisismo digital, mientras en el altro lado del mundo los colegas delatan su envídia con un “me gusta”.

masaPlaya de Porto Cesaeo (Italia), en agosto

¿Dónde ha ido la experiencia del otro?

Según el antropólogo Marco Aime y el geógrafo Davide Papotti (El otro y el otro lugar, 2012), en la lógica turística la imagen existe antes de la experiencia real del lugar. “La misma experiencia de movilidad, real según esta perspectiva, acaba siendo motivada por la atractiva colección iconográfica que circula en lo mass media”. Viajamos al sur de Italia. Si el Salento se vende como un lugar donde se baila extasiados por el ritmo de la Taranta, ¿por qué gastar tiempo reflexionando sobre las raices del rito o sobre su la cultura campesina? A nadie le importa, hoy, de las investigaciones etnográficas de Ernesto De Martino o de las musicológicas de Diego Carpitella, excepto a los estudiantes. El turista medio se contenta con consumir experiencias filtradas por el gobierno. Toma, baila, flipa. En la época de la simplicación folclore gana a cultura e industria gana a pensamiento.

No, no es posible perderse como deseaba Benjamin, salvo si rechazamos el guión prescrito por las agencias. “La vida de los nomadas, que representa el nivel más bajo de la civilización coincide con el nivel más alto de la vida del turista. La primera provocada por la necesidad, la segunda por el aburrimiento”, escribe Michel Houellebecq. El turista cree que está venciendo al aburrimiento, pero en realidad está complaciéndolo. Mientras el flâneur desea perderse, el turista medio anda por etapas obligatorias sin aprender nada o casi nada de lo que vive. La puesta en juego es alta; la experiencia del otro. Del otro no se somete a nuestros esquemas, que provoca asombro y miedo. Según Roberto Calasso, “el turista antes de todo quiere estar cómodo, prevenir los ataques del lugar que va a visitar” (El innominable actual, 2018). El turista lleva a si mismo en todo el mundo y nunca abandona su imagen del mundo, por lo contrario la impone, y con ella, Wittenstein docet, impone tambien su lenguaje. ¿Sabemos todavía exponernos a la potencia del ignoto? Tal vez esta es la verdadera cuestión.

ALEXEIN Y TRICK

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